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Internet ya puede enviar el olor del café. Para ser exactos, puede enviar la palabra «café». Ingenieros de la Universidad Estatal de Ohio y del Laboratorio de Zhejiang, en China, han construido un sistema llamado Scentronic. Una nariz electrónica olfatea una taza en una habitación y, en otra, una pulsera suelta una nubecilla con aroma a café. Esa otra habitación podría estar, en principio, en otro continente. Ni una sola molécula hace el viaje. Lo que viaja es una etiqueta de una sola palabra, y el receptor saca el olor de un frasquito que ya lleva consigo.
Lleva cinco: cerveza, bizcocho, café, naranja y vino tinto. Los voluntarios del ensayo acertaron qué olían más o menos tres veces de cada cuatro. El trabajo se publicó en Science Advances el 21 de octubre de 2026. La idea tiene una larga historia, y huele a fracaso. Durante sesenta años, casi todos los que prometieron olores a la carta acabaron arruinados o nunca salieron del laboratorio. El equipo de Ohio apostó, en cambio, por la modestia.
Qué viaja realmente por el cable
Chunyu Yang, autor principal y doctorando en ciencia de materiales en Ohio State, resumió la idea en una frase: el sistema conecta «oler algo aquí» con «recrear el olor correspondiente en otro lugar», según informó Reuters. La palabra clave es «correspondiente».
Las redes envían el sonido y la imagen como grabaciones. Un micrófono convierte las vibraciones del aire en números, y un altavoz vuelve a convertir los números en vibraciones. El olfato no funciona así. Para reconstruir un olor a partir de datos haría falta una máquina capaz de mezclar cualquier sustancia según cualquier receta. Y el olor no tiene receta universal.
La pantalla de un móvil muestra millones de tonos mezclando solo tres: rojo, verde y azul. Eso encaja con cómo funcionan nuestros ojos: la retina tiene tres tipos de conos. Con la nariz, la cosa se complica. Los humanos tenemos más de 400 tipos de receptores olfativos, como señaló en 2015 el neurocientífico Joel Mainland, del Monell Chemical Senses Center. De la mayoría, los científicos aún no sabían lo básico: a qué moléculas responden y cómo. Por eso nadie ha encontrado un juego de «olores primarios» con el que componer cualquier otro.

Scentronic esquiva el problema como lo hacía la gente mucho antes de internet. Reconoce un olor y dice su nombre, un poco como un amigo que te avisa por teléfono de que el café ya está listo.
Ese enfoque tiene un efecto secundario agradable. La etiqueta «café» pesa unos pocos bytes, y le da igual cruzar una habitación o un océano.
Una nariz de seis sensores
La mitad emisora parece un platillo: una placa de circuito redonda de unos 15 centímetros de diámetro. No está pensada para llevarse puesta. Tiene seis sensores de gas de óxido metálico, sobre todo de dióxido de estaño, según la descripción de New Atlas. Las moléculas del aire cambian la resistencia eléctrica de cada sensor: el etanol de la cerveza, el limoneno de la cáscara de naranja, el diacetilo, con su olor a mantequilla de pastelería. Cada sensor reacciona de forma un poco distinta, y las seis lecturas juntas forman una especie de huella dactilar del olor.
Luego hay que leer esa huella. La nariz «olfateó» cada uno de los cinco alimentos y bebidas 50 veces, durante algo más de tres minutos cada vez. Tras ese entrenamiento, los identificaba casi sin fallos: entre el 96 % y el 100 % de las veces.
Suena impresionante, pero el examen era fácil. La nariz elegía entre cinco opciones conocidas, y cada opción era un producto concreto. Nunca se había topado con otra marca de cerveza ni con un café con canela.
Una gramola con cinco discos
El extremo receptor es Scentronic propiamente dicho. Dentro hay diminutas cámaras con líquido aromático ya mezclado, cada una con su propio canal de salida. Un elemento piezoeléctrico vibra unas 110.000 veces por segundo y convierte el líquido en una fina niebla perfumada. Un microcontrolador decide con qué frecuencia rocía, y de eso depende la intensidad del olor. Los canales pueden abrirse a la vez para crear mezclas.
El equipo construyó tres versiones del receptor: una pulsera de dos canales, un collar de cinco que los autores comparan con «perlas en un hilo» y un aparato de mano, también de cinco.

En pocas palabras, es una gramola. No toca cualquier canción que le pidas, solo uno de los discos cargados de antemano, y la nariz del otro extremo pulsa el botón con el nombre correcto. Un sexto olor obliga a reentrenar la nariz y a añadir otro líquido al receptor. Yang reconoce sin rodeos que el sistema aún no puede enviar el olor de unas salchichas a la parrilla, ni la mezcla exacta de olores de una barbacoa en el aparcamiento antes de un partido de fútbol americano.
Tres de cada cuatro
El receptor se probó con personas. En un ensayo con el aparato de mano, 14 voluntarios olieron un soplo de aroma y dijeron cuál era. Acertaron los olores sueltos alrededor del 73 % de las veces, y las parejas de olores, alrededor del 71 %. Adivinar al azar entre cinco opciones daría un 20 %, así que el aparato supera claramente al azar. Aun así, una de cada cuatro veces la persona huele algo distinto de lo que se «envió».
La intensidad resultó más difícil. Cuando se pidió a los voluntarios que ordenaran los soplos por intensidad, acertaron alrededor del 59 % de las veces. Las informaciones sobre el estudio no dicen cuántos soplos se comparaban a la vez, así que no está claro cuánto supera eso al simple azar. Para una taza de café, poco importa. Para un médico que algún día quiera evaluar el olfato de un paciente con olores de distinta fuerza, todavía no basta. Los autores incluyen justo ese tipo de prueba entre los usos futuros.
Los demás usos que recoge la nota de prensa de la AAAS son más terrenales: un olor agradable añadido a las comidas de pacientes a los que les cuesta comer, y de astronautas y soldados que viven de suplementos insípidos y raciones de campaña. Para la realidad virtual, el equipo también construyó un vaso que gotea saborizante en agua normal mientras una persona con casco «se bebe» una cerveza o un café. El vaso aún no se ha probado con personas.
// Scentronic en cifras
Sesenta años de olores fallidos
La idea es más antigua que internet. En 1960 se estrenó la película Scent of Mystery en Smell-O-Vision, un sistema del inventor Hans Laube que soltaba olores sobre el público a medida que avanzaba la trama. El público se encogió de hombros. La hija de Laube recordó años después que su padre había previsto un difusor en cada butaca, con un neutralizador tras cada olor. En su lugar, los productores acabaron bombeando los olores por el aire acondicionado de la sala. «Perdió todo su dinero, mi madre se puso a trabajar», escribió.
Cuarenta años después le llegó el turno a internet. DigiScents, una empresa estadounidense fundada en 1999, ideó iSmell, una caja con forma de aleta de tiburón que se conectaba al ordenador por USB. Una web o un correo enviaba un archivo de olor, y el aparato lo mezclaba a partir de un cartucho de 128 sustancias, según cuenta Wikipedia. Los inversores habrían puesto unos 20 millones de dólares. En 2001 el dinero se había acabado, e iSmell nunca pasó de prototipo. En 2006, PC World lo colocó en el puesto 24 de su lista de los peores productos tecnológicos de todos los tiempos, y señaló que pocos productos apestan en sentido literal.
// Cronología
- Scent of Mystery en Smell-O-Vision: olores en la sala, fracaso en taquilla
- DigiScents se queda sin dinero e iSmell nunca llega a las tiendas
- La empresa estadounidense Osmo cuenta cómo «teletransportó» el olor de un trozo de coco
- Scentronic envía cinco olores por internet
Lo que separa a Scentronic de iSmell es un objetivo modesto. iSmell prometía construir cualquier olor a partir de un repertorio fijo de ingredientes. Scentronic ni lo intenta. No sintetiza nada: simplemente abre el frasquito correcto. La tarea se encogió, pero a cambio pasó a tener solución.
Un laboratorio en cada extremo
Sin olores primarios que mezclar, la única alternativa es reconstruir cada olor desde cero, molécula a molécula. Osmo, una empresa estadounidense, ha tomado ese camino. En otoño de 2024, su consejero delegado, Alex Wiltschko, contó cómo su laboratorio «teletransportó» el aroma de un trozo de coco. La muestra pasa por un cromatógrafo de gases con espectrómetro de masas, un instrumento de laboratorio que indica qué sustancias flotan sobre una muestra y en qué cantidad. Los datos van a la nube, la IA de la empresa los convierte en una receta con su «mapa de olores», y un robot mezcla los ingredientes.
El propio Wiltschko enumera los problemas. Los compuestos de azufre de la fruta tropical son difíciles de detectar y de reproducir, algunas moléculas de los olores cotidianos siguen sin identificar, y para convertir los datos en receta hace falta algo de ayuda humana.
Así que hay dos caminos. Osmo pone un laboratorio en cada extremo e intenta imprimir cualquier olor. Scentronic te cuelga cinco frasquitos del cuello e imprime solo esos. El primer camino es universal, pero caro y voluminoso. El segundo es barato y se puede llevar encima, pero solo se sabe cinco palabras.
Yang define Scentronic como un prototipo de investigación, construido sin ninguna empresa de por medio. Para llegar a un producto falta mucho, dice: hacen falta muchísimos más datos de entrenamiento y la capacidad de descomponer mezclas, y en la vida real casi todos los olores llegan mezclados. Nadie sabe todavía qué supondría respirar niebla perfumada durante años. Y si algún día sale a la venta un receptor, su vocabulario seguirá siendo finito.
¿Quién decide qué palabras entran: el café y la naranja, o el olor de la tarta de tu abuela que ningún laboratorio ha registrado jamás?







