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La puerta está tan cubierta de ramas que nadie podría cruzarla. Una persona con un visor de realidad virtual se detiene y se hace una pregunta que los adultos casi nunca formulan en voz alta: ¿estoy soñando? Se mira las palmas de las manos y comprueba si la gravedad sigue funcionando. De pronto, el mundo a su alrededor se ilumina. En su mano aparece una espada, las ramas caen y el camino queda libre.

Se trata de un simulador de sueños. Psicólogos de la Universidad de Trento, en Italia, lo usaron para enseñar a un grupo de estudiantes a darse cuenta de cuándo soñaban. Tras un mes de sesiones, los alumnos tenían sueños lúcidos cuatro veces más a menudo que quienes practicaron sin visor. Lo más curioso del estudio, publicado el 28 de septiembre de 2026 en Frontiers in Psychology, tiene que ver con un tercer grupo. Durante un mes, sus integrantes recorrieron mundos virtuales parecidos buscando pelotas de béisbol escondidas. Terminaron con menos sueños lúcidos que nadie, menos incluso que quienes nunca se pusieron un visor. Esa diferencia, eso sí, es tan pequeña que podría deberse al azar.

Tápate la nariz

Un sueño lúcido es aquel en el que te das cuenta de que estás soñando y a veces puedes dirigir la trama. Alrededor de la mitad de la gente ha tenido al menos uno: un metaanálisis de 50 años de investigación cifró la proporción en un 55%. Cerca del 23% los tiene una vez al mes o más. Los demás tienen que aprender.

La técnica más conocida es la prueba de realidad. Varias veces al día te preguntas «¿estoy soñando?» y sometes al mundo a un pequeño examen: te tapas la nariz e intentas respirar por ella, te miras las manos, le das al interruptor de la luz. Estando despierto, el resultado siempre es aburrido. La idea es que el hábito se cuele en el sueño, donde la prueba da otra respuesta y el soñador cae en la cuenta.

Pero los días corrientes rara vez parecen sueños. «Para la mayoría de la gente, la vida cotidiana quizá no se sienta “onírica”», dijo a Live Science Daniel Morris, neurocientífico cognitivo de la Universidad Northwestern que no participó en el trabajo. La prueba se convierte en un ritual automático y nunca llega a colarse en el sueño.

Un conejo blanco y volar a voluntad

Los investigadores de Trento decidieron darle al cerebro despierto lo que le faltaba: el absurdo. ¿Por qué un visor y no una pantalla? Los sueños nos engañan porque parecen reales para todos los sentidos, explicó a Live Science Andrea Signorelli, doctorando y primer autor del artículo. La realidad virtual engaña a la visión estereoscópica y al oído; es «básicamente la tecnología más inmersiva que tenemos ahora mismo», dijo. La aplicación, LucidDreamingVR, se inspira en el yoga tibetano del sueño. La desarrolló el centro de investigación de la Unión Budista Italiana, que la cedió a la universidad para ponerla a prueba. Cada sesión empezaba con 15 minutos de meditación dentro del visor. Los participantes aprendían a observar la respiración, las sensaciones del cuerpo, los pensamientos y las emociones sin reaccionar ante ellos. Después se ponían de pie y pasaban unos 20 minutos explorando un mundo virtual guiados por la voz de un narrador.

Ese mundo estaba construido como un sueño. Un conejo blanco espera al fondo de un pasillo en penumbra. En una arboleda nocturna, una casita brota de un árbol. ¿Ves una rareza así? Toca hacer una prueba de realidad. A partir de la tercera sesión, una prueba superada «encendía» la lucidez y la escena se volvía más luminosa. Había que mantener ese estado o se desvanecía, igual que la lucidez se les escapa a los principiantes en los sueños reales.

Escenas de LucidDreamingVR: una arboleda nocturna con una casa en un árbol, un pasillo en penumbra con un conejo blanco, una prueba de realidad con las palmas y una puerta bloqueada por ramas que un jugador «lúcido» abre con una espada
Escenas de LucidDreamingVR: una arboleda nocturna con una casa en un árbol, un pasillo en penumbra con un conejo blanco, una prueba de realidad con las palmas y una puerta bloqueada por ramas que un jugador «lúcido» abre con una espadaFoto: Signorelli et al., Frontiers in Psychology 2026 / doi.org · CC BY 4.0

Las cuatro primeras sesiones transcurrían en un piso corriente; las cuatro últimas, en escenarios de cuento como aquella arboleda. Hacia el final llegaban los superpoderes: los participantes podían saltar muy alto, volar y cambiar el tamaño de su cuerpo con solo decirlo.

Para averiguar si el visor importaba, el equipo dividió a 38 estudiantes en tres grupos. Durante cinco semanas, todos llevaron cada mañana un diario de sueños e hicieron pruebas de realidad, con una alarma del móvil que se lo recordaba cada hora. La única diferencia era el visor. Trece personas acudieron a sesiones de LucidDreamingVR dos veces por semana durante las cuatro primeras semanas. Otras 12 recibieron la misma dosis de realidad virtual, pero de otro tipo: habitaciones y paisajes parecidos, sin meditación y con una sola tarea, encontrar las pelotas de béisbol. Los 13 restantes no se pusieron un visor ni una vez.

La aplicación de RV de control: una habitación y un bosque junto a un lago sin rarezas oníricas; la tarea es encontrar la pelota de béisbol (rodeada en verde)
La aplicación de RV de control: una habitación y un bosque junto a un lago sin rarezas oníricas; la tarea es encontrar la pelota de béisbol (rodeada en verde)Foto: Signorelli et al., Frontiers in Psychology 2026 / doi.org · CC BY 4.0

Los cazadores de pelotas, en último lugar

// Sueños lúcidos y semilúcidos en cinco semanas

26en el grupo del simulador de sueños, 13 personas
11en el grupo sin visor, 13 personas
4en el grupo de RV que buscaba pelotas de béisbol, 12 personas

Sobre el total de sueños recordados, casi uno de cada ocho en el grupo del simulador fue lúcido o estuvo cerca de serlo. En el grupo sin visor fue alrededor de uno de cada 34; entre los cazadores de pelotas, uno de cada 73. Al menos un sueño así lo tuvieron 11 de las 13 personas del primer grupo, pero solo 4 de los 12 cazadores de pelotas. Nicola De Pisapia, el neurocientífico cuyo laboratorio dirigió el estudio, contó a Live Science que le sorprendió lo poco que hizo falta entrenar. El equipo se quedó en un mes, dijo, porque algo más largo habría resultado demasiado exigente para los voluntarios.

La pista más clara de por qué funcionó el simulador está en los propios sueños. Dos de los siete sueños plenamente lúcidos del primer grupo contenían elementos del simulador, y también un sueño semilúcido. En dos de esos tres casos, fue precisamente un detalle conocido del visor lo que hizo saltar la alarma del soñador.

Con los cazadores de pelotas, al parecer, ocurrió lo contrario. Los autores apuntan a la habituación: un mes registrando las mismas habitaciones hizo que la gente se sintiera cómoda en el mundo virtual. Hacia la octava sesión, los cuestionarios mostraban que en ese grupo se había apagado la sensación de estado alterado y había crecido la concentración en la tarea. Aprendían a encontrar pelotas, no a dudar de lo que veían. Tampoco este cambio da para mucho: deja de ser estadísticamente significativo cuando se aplica la corrección por comparaciones múltiples.

Cualquiera sabe encontrar una pelota de béisbol. Darse cuenta de que una flota en el aire es cosa de soñadores
Cualquiera sabe encontrar una pelota de béisbol. Darse cuenta de que una flota en el aire es cosa de soñadores

Hay otra rareza. El grupo del simulador recordó menos sueños en total. Sus integrantes recordaban algo el 47% de las noches, frente al 59,5% del grupo sin visor. Morris propone una explicación prosaica: quizá los del simulador simplemente no se molestaban en anotar los sueños corrientes, en los que no pasaba nada.

Fiarse de la palabra del soñador

El mayor punto débil del estudio es que todo descansa en los diarios. Los participantes decidían por sí mismos si un sueño había sido lúcido, y la mayoría de los sueños «lúcidos» eran en realidad respuestas del tipo «quizá». El primer grupo tuvo 7 sueños plenamente lúcidos; los otros 19 fueron semilúcidos. Los laboratorios del sueño lo comprueban de otra manera. En 2021, cuatro equipos de investigación de Estados Unidos y Europa pactaron de antemano una señal con los durmientes. En cuanto se daban cuenta de que soñaban, movían los ojos a izquierda y derecha. Luego resolvían operaciones sencillas y respondían con movimientos oculares o pequeñas contracciones de los músculos de la cara. Los instrumentos confirmaron que en ese momento estaban en fase REM. El experimento italiano no tuvo una comprobación así.

Lo que está en juego va más allá del entretenimiento. Morris señaló que los sueños lúcidos pueden ayudar a quienes sufren pesadillas: en cuanto se dan cuenta de que están soñando, pueden convertir una trama aterradora en una tranquila. A Signorelli le gustaría adaptar el entrenamiento a cada persona. El visor podría, por ejemplo, recrear la pesadilla recurrente de alguien para que aprenda a reconocer sus señales estando despierto.

Sería darle a una pesadilla un ensayo general a plena luz del día. Queda para los próximos experimentos saber si, de noche, el durmiente reconocerá la misma puerta que una vez se abrió a espadazos.