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«Me sorprende muchísimo que las voces se hayan ido por ahora. Tengo la mente realmente en calma». Lo dijo una persona con esquizofrenia tras una serie de sesiones sin inyecciones ni implantes. Un casco colocado sobre su cabeza enviaba ultrasonido a través del cráneo hasta un punto del tamaño de un guisante, a unos seis centímetros de profundidad.

La Focused Ultrasound Foundation difundió esas palabras el 30 de octubre de 2026. La fundación financia un nuevo ensayo en la Universidad de California en San Francisco (UCSF). Son estudios en personas, pero diminutos: el primero tuvo tres pacientes y el nuevo tendrá hasta doce. En el primer estudio las voces se apagaron solo tras las sesiones reales, pese a que la sesión simulada, con la misma energía pero sin foco, engañó a los tres pacientes. La pega: las voces volvieron. Antes de una semana, la calma se había esfumado.

Voces que las pastillas no alcanzan

La esquizofrenia afecta a una de cada 300 personas, unos 27 millones en el mundo, según la Organización Mundial de la Salud. Más del 70 % de ellas oye voces. La medicación ayuda a muchas, pero en cerca del 40 % las voces persisten pese a los antipsicóticos.

Desde fuera, el síntoma cuesta imaginarlo. El segundo participante del ensayo lo describió así: «Pueden pasar horas y siento que pierdo la noción del tiempo cuando oigo las voces; parece que vienen de fuera y me meten pensamientos en la cabeza».

Karuna Subramaniam, profesora de psiquiatría de la UCSF que dirige el estudio, no apunta a todo el cerebro, sino a un solo nodo: el caudado. Está escondido bajo la corteza, en lo profundo del cerebro, y forma parte del estriado, un conjunto de estructuras que funciona con dopamina. Es justo donde actúan los antipsicóticos, que amortiguan el efecto de la dopamina.

En quienes oyen voces, el estriado está conectado con demasiada fuerza a la corteza auditiva, la parte del cerebro que da sentido a los sonidos. Los investigadores sospechan que por eso el cerebro se equivoca de remitente: nuestra propia habla interior llega a la corteza auditiva con la etiqueta de «exterior». Es como si un pensamiento llamara desde un número desconocido.

Ondas que se encuentran en un punto

Llegar al estriado no es fácil. Los electrodos de estimulación cerebral profunda lo consiguen, pero exigen cirugía, con sus riesgos y efectos secundarios duraderos. La estimulación magnética, que ya se usa contra la depresión, se ahorra el quirófano, pero actúa en la superficie de la corteza y no alcanza los núcleos profundos.

El ultrasonido, sí. El casco, fabricado por Attune Neurosciences, una empresa californiana, lleva 128 emisores, 64 a cada lado de la cabeza. Cada uno lanza una onda débil, y un ordenador las sincroniza para que se sumen en un único punto. Al atravesar piel y hueso, la energía va repartida y diluida. Solo en el foco se concentra. La frecuencia es de 500 kHz, veinticinco veces más alta que el tono más agudo que capta el oído humano.

Cada emisor es débil, pero todos apuntan al mismo punto
Cada emisor es débil, pero todos apuntan al mismo punto

A alta potencia, esta misma física ya se usa en las clínicas. En 2016 la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) aprobó Exablate Neuro, que usa ultrasonido focalizado para quemar un punto minúsculo en lo profundo del cerebro y calmar el temblor. El casco de la UCSF trabaja a una potencia muy inferior y no destruye tejido: sus pulsos débiles solo cambian el comportamiento de las neuronas del foco, y solo durante un tiempo. Según los cálculos de los investigadores, el tejido de la diana no se calentó más de 0,6 °C.

Cómo era una sesión

Dispositivo: ATTN201, frecuencia de 500 kHz. Pulsos de 3 milisegundos, veinte veces por segundo, en ciclos de 40 segundos de emisión y 20 de pausa. Treinta minutos por hemisferio, una hora en total. La diana era una esfera de 5 mm de radio: la cabeza del caudado, a unos 65 mm de profundidad, o el núcleo accumbens, a unos 70 mm. El equipo planificó el punto sobre la resonancia magnética de cada paciente. En la sesión simulada, el mismo aparato emitía la misma energía sin foco, de modo que la onda se dispersaba por la cabeza.

Tres personas y una sesión simulada

El equipo de Subramaniam colgó el primer estudio como preprint en enero de 2026, y más tarde lo publicó la revista Brain Stimulation. Participaron tres personas con esquizofrenia a las que la medicación no les quitaba las voces. Cada una acudió a tres sesiones, con una semana de separación: ultrasonido en el caudado, ultrasonido en un nodo vecino del estriado llamado núcleo accumbens y una sesión simulada, en orden aleatorio.

La sesión simulada estaba bien pensada. Su onda llevaba la misma energía pero sin foco, así que en cualquier punto del cerebro era entre decenas y cientos de veces más débil que en el foco de una sesión real. Preguntados después, los tres dijeron que todas las sesiones les habían parecido iguales.

La forma de medir era sencilla. Cada día, durante la semana anterior y la posterior a cada sesión, los pacientes puntuaban en una escala de 0 a 100 con qué frecuencia oían voces y cuánto les molestaban. Tras una sesión real, ambas puntuaciones cayeron a menos de la mitad en los tres.

Al final de la semana, todo había vuelto al punto de partida.

En las resonancias de dos pacientes (al tercero no se le pudo dar cita), el exceso de conexión entre el estriado y la corteza auditiva se debilitó tras el ultrasonido. Es justo la conexión que permite que un pensamiento «llame desde un número desconocido», y se aflojó, al menos durante un tiempo.

Los efectos secundarios: unos chasquidos tenues que los pacientes oían y una sensación de tirantez en el cuero cabelludo donde apretaba el casco. Para ser un tratamiento contra las voces que hace su propio ruidito, apenas hubo quejas.

Nueva York apuntó a otro sitio

NYU Langone Health, en Nueva York, hizo un experimento parecido. Los psiquiatras Wei Qi y Donald Goff reclutaron a diez personas con esquizofrenia o trastorno esquizoafectivo (psicosis combinada con episodios afectivos) cuyos síntomas persistían pese a la medicación. Eligieron otra diana: el globo pálido interno, otro nodo profundo junto al estriado. Cada sesión duraba 10 minutos. Todos recibieron una sesión real y otra simulada, y ni los pacientes ni los clínicos que evaluaban los síntomas sabían cuál era cuál.

Los resultados, publicados el 20 de octubre de 2026 en npj Acoustics, son más modestos. Aquí la vara de medir principal eran los delirios, no las voces: varias veces a lo largo de la semana, los pacientes respondían a preguntas sobre sus ideas delirantes. Tras una sesión real, la puntuación bajó una media de 1,2 puntos; tras la simulada, subió 0,4. El cambio es pequeño, pero las sesiones reales y las simuladas empujaron en direcciones opuestas, y la diferencia se mantuvo durante la semana de seguimiento. Las voces, en cambio, no se aliviaron más tras una sesión real que tras la simulada. El cansancio, el dolor de cabeza y los repuntes breves de síntomas aparecieron con la misma frecuencia tras ambos tipos de sesión.

En el comunicado de NYU Langone, Goff midió sus palabras: hace falta más trabajo para establecer si el ultrasonido dirigido «podría algún día complementar o incluso sustituir a los medicamentos estándar para la esquizofrenia». Incluso «complementar» significaría mucho para aquellos a quienes la medicación solo ayuda en parte.

Cinco sesiones en lugar de una

El nuevo ensayo de la UCSF pone a prueba lo que el primer estudio no pudo mostrar: si más sesiones hacen que la calma dure. Cada participante (serán hasta doce) recibe cinco sesiones diarias dirigidas al caudado y cinco simuladas, con una pausa entre ambas series. El equipo seguirá las voces durante ocho semanas, según el registro del ensayo. La resonancia mostrará si la conexión entre el estriado y la corteza auditiva se debilita, y durante cuánto tiempo. La fundación no dice cuánto ha durado la calma en los nuevos participantes; las ocho semanas de seguimiento lo dirán. Las citas que ha publicado hasta ahora son primeras impresiones, no resultados. Cada participante pasa por ambas series, y la fundación no aclara cuál de ellas precedió a esas palabras.

Las voces bajaron de volumen, pero no desaparecieron
Las voces bajaron de volumen, pero no desaparecieron

Aun así, esas impresiones resumen bien en qué punto estamos hoy. Para el segundo participante, el que perdía horas enteras con las voces, estas se suavizaron tras las sesiones, se fueron «más bien a un fondo lejano» y parecían desvanecerse. «Siento mucha paz», dijo. Pero una de ellas todavía consiguió meter baza: «Sigo aquí».